2 may. 2009

Sexo, no hay más que uno

¿Por qué nuestra sociedad se preocupa tanto por marcar estas diferencias? La ciencia ha contribuido a ello. Un ejemplo fue el metanálisis realizado por Paul Irwing y Richard Lynn, publicado en el British Journal of Psychology (2005), en el que situaba en 5 puntos la diferencia de coeficiente intelectual a favor de los hombres. Así justificaba el hecho de que haya mayor número de premios Nobel masculinos que femeninos. ¿Es el hombre más "inteligente" que la mujer? Cualquiera podría pensarlo al leer esto, si no sabe que el estudio contempla solo una faceta de la inteligencia: el razonamiento lógico. Otros autores han ido más allá intentando llevar esas diferencias de género al marco de las relaciones de pareja. Me refiero al famoso libro de Gray Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus, en el que se limita a hacer un listado de los comportamientos y las expresiones de ccada sexo. Lo gracioso es que estas obras funcionan como un horóscopo: todos buscan encajar en la etiqueta y cumplir la profecía. "Que un hombre te comprenda es como pedir peras al olmo". ¿A que lo has oído?

Al principio somos chicas
Una de las pocas posibilidades de romper con estos estereotipos es conocer el origen de cómo somos o nos convertimos en eso que llamamos hombre y mujer. Para empezar, el sexo no viene determinado por la carga cromosómica, o al menos no exclusivamente. Si en el proceso de sexuación fetal no ocurriese nada, es decir, no actuasen complejos mecanismos que desencadenan básicamente la exposición a diferentes dosis hormonales, todos los bebés serían niñas, al menos en cuanto a genitales externos se refiere. Sin embargo, factores genéticos, hormonales y, por supuesto, también ambientales, como las circunstancias de crianza de cada uno, nos condicionan a uno u otro género, o a identidades más complicadas. Para empezar, hay bebés que presentan, en cuanto a genitales internos y externos, combinaciones de características de ambos sexos. Se llama "intersexualidad", y las causas están entre factores genéticos y hormonales; en otras palabras, ausencia de receptores para determinadas hormonas. La transexualidad es otro ejemplo de complejidad de la adquisición de identidad sexual. La mayoría de los científicos coincide en que la causa más probable es la exposición a hormonas en el útero materno. El deseo de etiquetar desde el principio a nuestros hijos como hembras o machos ha llevado durante mucho tiempo a la práctica de operaciones de asignación de sexo en bebés con algún tipo de malformación en sus genitales. En la mayoría de estos casos han generado consecuencias desastrosas en la vida adulta de estos pacientes. Si el recién nacido tenía un clítoris demasiado grande, o un pene demasiado pequeño, la tendencia era convertirle quirúrgicamente siempre en una mujer con una vagina acorde a la norma, aunque el retoño luego desarrollara una identidad sexual masculina. La mayoría de estas intervenciones se comenzaron a practicar en la Universidad Johns Hopkins bajo la dirección del urólogo Hugo Hampton Young. Gran parte de las bases teóricas que las justifican se atribuyen al psicólogo John Money, quien, junto a Lawson Wilkins fue el primero que creó protocolos de intervención en intersexualidad que posteriormente se extendieron a niños con malformaciones congénitas o pérdidas traumáticas de órganos genitales.

Nuestra carga genética nos condiciona, pero no determina totalmente que pertenezcamos a un sexo o a otro. Los factores ambientales también tienen peso en la identidad sexual. El hombre y la mujer nacen, pero también se hacen.

Todavía hoy se siguen aconsejando dichas intervenciones en síndromes como la extrofia cloa­cal –ausencia de desarrollo de los genitales externos–, a pe­sar de existir informes de seguimiento en contra. Uno de ellos es el de William Reiner y John Gearhart, de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, Maryland, que investigó a 14 niños con extrofia. Todos los pequeños, con edades comprendidas entre los cinco y los dieciséis años, habían pasado por reasignación de género al nacer, para convertirse en niñas. Ocho de ellos, educados como niñas, se identificaban a sí mismos como varones y tenían actitudes e intereses masculinos. Cuatro de esos ocho habían proclamado espontáneamente su masculinidad durante la infancia, aun cuando no sabían que habían nacido varones. Tres de los 14 realmente no se sentían ni niños ni niñas, y otros cinco vivían como chicas. Por suerte, actualmente un sector de la medicina está más concienciado con el sufrimiento que conllevan los problemas de asignación de género, como ocurre conn la trasexualidad, y defienden que, una vez definida la identidad sexual por parte del individuo, se inicie la reasignación de sexo cuanto antes. De hecho, el pediatra Norman Spack ya ha creado una primera clínica dentro del Hospital Infantil de Boston para iniciar tratamientos de cambio de sexo a partir de los siete años. Según Spack, cuanto más jóven sea el paciente, más fácil será utilizar terapias hormonales para frenar el desarrollo de los caracteres secundarios de su sexo biológico. ¿Un hombre es hombre por su naturaleza o porque su entorno le ha enseñado a "comportarse" como tal? ¿En esto del género es la naturaleza la que realmente manda? ¿Venimos predefinidos biológicamente o somos una tábula rasa? Esta es la eterna pregunta. Según la mayoría de los estudios realizados, el mayor peso en la adquisición del género lo tienen los factores genéticos y hormonales, pero estas variables biológicas no son, ni mucho menos, absolutamente condicionantes. El hombre y la mujer no solo nacen, también se hacen. Además, todos somos ejemplos imperfectos de una mezcla de lo femenino y lo masculino desde el útero materno.

¿Existen diferencias?
Ya vemos cómo, con la ausencia de una sola enzima, la reductasa, aparece el síndrome de insuficiencia androgénica –falta de hormonas masculinas– y si falta una determinada proteína nacen bebés con el síndrome de Morris, es decir, niñas fenotípicamente perfectas, pero con carga cromosómica masculina. Todos esos condicionantes vuelven a poner sobre la mesa el pretendido abismo entre feminidad y masculinidad. Si los humanos somos en un 80% agua, podríamos decir que los varones, son, aunque algunos se resistan, un 90% mujeres. Permitir descubrir nuestra "etiqueta" y admitir las posibilidades intermedias es nuestra tarea para el futuro. Pero ¿po­dríamos llegar a criar a los niños sin etiquetas, educarlos simplemente como personas? ¿Seríamos capaces los adultos de hoy de construir una sociedad en la que la confrontación de sexos no se produjese desde la más tierna infancia? Desde luego, si acabásemos con la guerra de los sexos, el mundo sería más complejo; pero, tal vez, más feliz.

El síndrome de Morris

Por una alteración genética que inhibe la androginización, existen mujeres que físicamente son hembras, pero genéticamente hombres, ya que poseen el cromosoma Y. De hecho, disponen de testículos en la zona inguinal, pero no desarrollados.

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